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Destierro y realismo rural en un cuento de Héctor David Gatica Febrero 3, 2008

Posted by losfundadores in Crítica literaria.
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Fundaciones y pérdidas 

   El destierro es uno de los temas que informa a Los fundadores del olvido, un cuento que da título al libro del riojano Héctor David Gatica. Ya desde el título nos adelanta el despojo. Fundar el olvido, es fundar algo para que después quede en el olvido. Se fundan puestos para quedar en el olvido por medio del enajenamiento o del simple abandono forzoso.

   Uno olvida cosas cuando se va a otro lado porque hace suyas otras expresiones culturales; va, de a poco, olvidando lenguajes, los sabores de las comidas, el perfume de las flores y la gente. Esto ocurre en ese cuento porque hay personajes que se van para no volver. El desterrado pierde el sentido de la ubicación geográfica de las cosas que lo acompañaban: la represa, el corral de las cabras, el tunal o simplemente donde estaba tal o cual planta, tal o cual algarrobo, que, luego de unos años, no están más.

   Y cuando vuelve a su ciudad se siente forastero y no conoce a nadie y nadie lo conoce a él. Nadie sabe qué hace y nadie sabe dónde vive porque simplemente es un desconocido, un turista. Los otros, a su vez, son desconocidos para el desterrado.

   El forastero saluda a todos aquellos que lo saludan aunque no distinga quiénes son los que le levantan la mano o lo miran perplejos porque él los ignora porque no esta muy seguro de quiénes son. A veces recorre el centro del pueblo con alegría, pero también con angustia.

   El desterrado que vuelve a su ciudad o a su puesto donde nació, lo hace porque aún mantiene lazos familiares, culturales o sociales. Y lo  hace porque quizá cree que en algún momento volverá para quedarse definitivamente o tal vez lo hace porque cree que nunca va a poder volver.

 Luces y alambres 

   Daniel Moyano escribe (en el prólogo a ese libro de Gatica, Buenos Aires, 1989, Legasa), que “verdad y ficción se convierten así en una misma sustancia” y que a raíz de esa amalgama “convencen y conmueven”. Por eso es justo traducir “verdad y ficción” en Gatica, como “destierro y realismo rural”, a pesar de los cuantiosos problemas que acarrea el concepto “realismo”.

   También se destaca con nitidez en ese relato el eje “civilización y barbarie”, pero al revés de lo que plantean Joaquín V. González y Sarmiento. Los “fundadores” de puestos llevan la impronta de la “civilización” y los foráneos que se quedan con el puesto los podemos colocar en el terreno de la “barbarie”.

   El personaje fundador le pone al lugar “La Estrella”, que es como si dijésemos la luz o las luces, sinónimos cabales de la civilización. El personaje encargado de la fundación no le pone “La Estrella” porque sí, sino por un motivo fundamental: mirando las estrellas piensa y encuentra un nombre. Pensar es otro sinónimo de civilización.

   Además, alambra el puesto, que es otro fuerte símbolo del progreso y  la civilización. Aquí los elementos de la “civilización” en la lógica sarmientina están invertidos y son reordenados para ponerlos del lado de un fundador de un puesto.

   Porque los fundadores del puesto (esposo/mujer, en ese orden, según el relato) contradicen otro aspecto fundamental de la visión sarmientina: el desierto y la campaña son los espacios  privilegiados de la barbarie para el sanjuanino. En el relato de Gatica, el espacio rural es donde se funda con todas las marcas de la civilización: alambran, construyen, pueblan, siembran, elaboran  derivados de la leche y los hijos son mandados a la escuela.

 Degradación y pérdida

 

   La excelsa prosa de Gatica pinta con admirables pinceles la fundación y la potencia labradora de los personajes centrales del relato. También con destreza narra el lento declive de Rosas Tello y Elina, el matrimonio protagonista del cuento: “A él se le comenzaron a aflojar las caderas, como a perro viejo. Ella empezó por arrastrar las alpargatas”.

   Se registra, por lo tanto, una degradación física de los fundadores, que corre paralela al debilitamiento material del puesto, que va a dar lugar al enajenamiento y olvido. Fundación, degradación, pérdida y destierro, son los ejes fundamentales sobre los que se desliza la historia básica del cuento.

   Los personajes son los fundadores del olvido porque quedan al margen de la historia escrita y ya no basta con que sólo se hable de ellos. El personaje central está preocupado por esta cuestión.

   El análisis de ese riquísimo cuento no se agota aquí porque quedan varias cuestiones por examinar. Entre ellas, lo que está dicho y también lo elidido: la degradación, las fundaciones truncas de otros puestos, los signos de mal presagio, la pérdida de voz de Rosas Tello (equivalente a su muerte), los árboles secos, las estrellas sin luz, el papel de la mujer, el alambrado roto, entre otros. El cuento puede ser leído como un programa de fundación y progreso, que desemboca  en la decadencia. ¿Una metáfora de La Rioja?

HRC.

Una civilización y barbarie zoológica en Joaquín V. González (Parte I) Febrero 2, 2008

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Facundo y el cuervo “Para Juan no era el cóndor el señorde la montaña sino el guanacoHéctor David Gatica (Los fundadores del olvido) 

   El escritor riojano Joaquín V. González despliega en algunas de sus obras un colorido jardín zoológico. Víboras, escuerzos, cóndores, cuervos y calandrias, entre otros animales, se hallan en las jaulas literarias de nuestro escritor. Estos son “personajes” al servicio de un discurso colmado de ironía y burla política.

   ¿Qué función cumplen los “inocentes” animales que aparecen en las poesías y los relatos de González? Aquí proponemos pensar en torno al papel de cóndores y cuervos en un relato de ese autor.

   Aunque no es el propósito analizar la poesía y la prosa de las Fábulas nativas (1924), en la hay un pródigo desfile de animales, sí es necesario señalar que esa obra de González está colmada de simbología y de burla política que remite a la historia política argentina del siglo XIX y a la contemporaneidad del autor y donde además define algunos de sus gustos literarios.

   Algunos de los animales que intervienen en ellas son asimilados a los “bárbaros”, a los rasgos físicos de los caudillos federales y a sus presuntos perfiles y comportamientos otorgados por la vieja y gritona historia oficial. 

   El relato “El cuervo”, que examinaremos ahora,  pertenece al libro Cuentos (1894), pero que González escribió originalmente en 1892.    “He presenciado en medio del desierto que guarda la memoria de Facundo (…)”. Así comienza ese cuento, donde en la superficie del relato aparece la oposición entre un cuervo y un cóndor, pero en representación de sujetos colectivos e individuales. ¿Cuál es la meta de esta oposición de comportamientos entre el cóndor y el cuervo? ¿O de cóndores y cuervos?    En ese relato, que desde el vamos parece tratar de una narración para chicos de la escuela primaria, los “personajes” mudos son los cóndores y los cuervos. Dice el narrador sobre estos últimos que “son los espíritus sombríos del desierto”, y que “simbolizan los elementos persistentes aún de un pasado miserable”.    Los “cuervos” aquí son claramente asimilables a quienes integraban las Montoneras federales porque “son inmundos espías de la muerte”, “asesinos” y de “ojos amarillentos por la anemia”. Evidentemente, no son animales con los cuales uno quisiera compararse. Son, para el autor/narrador, “un pasado miserable”.    El narrador comprueba que en los Llanos riojanos, nombrado como “desierto”, todavía hay elementos “persistentes”. No hay que perder de vista que el relato comienza con la aseveración de que la zona “guarda la memoria” de Facundo. ¿No será que en ese espacio de la Argentina, aunque más no sea en la ficción, hay todavía quienes lo recuerdan o quienes quieren empuñar las armas nuevamente?    Describe los Llanos riojanos como una “inmensa necrópolis”. Esto bien puede ser el resultado de lo que en la experiencia de mundo real había ocurrido con la invasión militar mitrista en la década del ‘60 del siglo XIX. Ve el narrador en esa región una “silenciosa llanura horadada de tumbas y salpicada de cruces piadosas”. Obviamente, la ficción no se presta para ahondar en las causas de la existencia de tumbas individuales y colectivas.    La propuesta zoológica del narrador prosigue su curso y en ella aparece el cóndor, animal “inmortal” que identifica con la “epopeya”. Frente a él se halla el cuervo “de impotentes alas”, que es la “caricatura” de aquel. Una caricatura “repugnante, raquítica, despreciable”.

Una civilización y barbarie zoológica en Joaquín V. González (Parte II) Febrero 1, 2008

Posted by losfundadores in Crítica literaria, Joaquín V. González.
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La sublimación nativista del cóndor 

 Resulta así una perfecta fórmula en la que fácilmente se pueden atribuir las mejores cualidades al cóndor y las peores al cuervo. Un claro ejemplo de una “civilización i barbarie” zoológica pergeñada por González.  El título del relato parece indicar que el tema será el cuervo ó los cuervos. Pero este animal está puesto en el peor de los lugares y se las tiene que ver con el cóndor, que aquí simboliza también el “pensamiento”, es decir, la civilización.

   Los dos protagonistas, uno con ventaja y el otro hambriento y en desventaja, también participan en el tradicional eje vertical y simbólico de la literatura latinoamericana en el que aparecen seres o cosas “arriba” (cóndor) y “abajo” (cuervo). El cóndor, allá en lo alto, “anuncia las colosales cumbres donde se presienten las del pensamiento…”, mientras que el cuervo tiene por espacio “los bajíos pantanosos y áridos, los charcos mefíticos y los panteones repletos por el hambre y la sed”.    El cóndor también “vuelta sereno y olímpico”, es como un dios terrenal y animalizado; se despliega por el éter como un “cometa”. Su feo contrincante, en cambio, “tiene movimientos irregulares y nerviosos, guiños de payaso inhábil, miradas torcidas (…)”. El cuervo apenas si puede desplazarse por medio de los matorrales o subirse a un seco y escuálido algarrobo desgajado.    El cóndor es presentado también con otras cualidades, que recuerdan los derechos de los poderosos para apropiarse de lo ajeno haciendo valer la “fuerza” como único derecho. El cóndor exhibe en sus garras de acero “la presa viva arrancada por el derecho de la fuerza soberana”.    Todo el relato es un planteo de lo que el narrador/autor tiene como credo en su experiencia de mundo real. Allí aparece, en este caso en la ficción, una ideología del suelo y de la sangre, que es justificadora del avasallamiento del más poderoso sobre los débiles.  Realiza una sublimación nativista del cóndor.  Un pasaje que da cuenta de ello se halla en ese mismo relato. El cóndor, escribe el narrador, “se apropia de lo que cree suyo, en ejercicio de su poder imperial proclamado en los amplios y espléndidos espacios bañados del sol meridional”.    El cuervo, por su parte, se dedica al “robo sigiloso y astuto, velado e hipócrita”, también es un “pordiosero que logra los restos de un banquete opíparo”.

Animal rico y animal pobre

Una perfecta disyuntiva entre ricos y pobres del mundo animal, fácilmente trasladable al universo social de la vida real.    Respecto de los espacios de uno y otro animal, los cóndores ocupan un lugar agradable y “espléndido”, muy similares a los espacios reales que el narrador/autor idealiza en otras obras como Fábulas nativas o Mis Montañas.   Pero hay algo más para el cuervo, quizás el punto clave del relato: “Tiene el cuervo costumbres y modales que recuerdan los de ciertas criaturas humanas”.    El narrador finalmente lo dice sin vueltas: los cuervos “parecen la parodia grotesca y repugnante del hombre”. Pero no está pensando en cualquier hombre (no piensa en él), sino en los “Otros”, a quien él enfrenta. “Recuerda este pájaro, aislado aún en la sociedad, á aquellos amigos que suelen tener los gobernantes mientras manejan caudales y distribuyen favores (…)”, dice.    El cóndor, por lo tanto, tiene todas las características atribuidas a un guerrero aristócrata épico. Es símbolo de la “epopeya”, tiene sus garras como “acero” y vuela alto. Desde lo alto puede observar y elegir las mejores presas porque además le está permitido en virtud de su poder “imperial”. También se traslada por el cielo, puede estar en cualquier lugar del éter rápidamente porque tiene “un vuelo sereno y olímpico”.    La sublimación nativista de este animal tiene como propósito asimilarlo a un dios, pero no cualquier dios, sino a un dios de la épica.

El cóndor, un personaje de la épica 

 El cóndor así descripto puede protagonizar sin demasiados esfuerzos un “personaje” de la épica. El cuervo, en cambio, a lo único que puede aspirar es a un papel secundario en una novela social de la pobreza, según el credo nativista del escritor riojano.    El cuervo, según esa visión de mundo, podría ser, sin mayores problemas, el personaje central de una novela, xenófoba, de Eugenio Cambaceres, un acompañante de Genaro, el personaje central de En la sangre.    El narrador/autor mismo puede ser identificado con el cóndor, a la vez que representa los valores y las cualidades de ese animal, frente a la “barbarie” del cuervo. El González de carne y hueso se propone como cóndor. Los “Otros” están representados por los cuervos.    Aparece aquí la central cuestión del poder y los derechos que da ser “distinto”, porque tener sangre de cóndor (aristócrata) no es lo mismo que tenerla de cuervo (chusma, inferior, bárbara).    Según las opciones políticas e ideológicas del narrador y la utilización que hace de la fórmula “civilización o barbarie” en la ficción, el cóndor es el animal que le correspondería al coronel Dávila, héroe guerrero sublimado en Mis Montañas, mientras que el cuervo le sería asignado a Facundo, héroe federal execrado en esa misma obra.     Lo que el narrador escribe en ese relato es que el cóndor, guerrero, y que se eleva a las cumbres del “pensamiento”, es el animal de la “civilización” que puede gobernar desde las alturas a los demás animales que se deslizan por los matorrales o que reptan, es decir, a los “bárbaros”.    El cóndor, en fin, tiene “sangre azul”. Se trata del falso mito de los orígenes vinculados a la tierra, una invención antigua hecha suya por el nativismo, que también aparece en otras obras escritas por riojanos.    El “derecho de la sangre” funciona como proyecto autobiográfico y de propaganda para justificar la apropiación. Es el derecho a ser únicos propietarios ante el destierro y el desplazamiento de los “Otros”. La genealogía que se encuentra presente en estas narraciones es una constante que justifica la propiedad o la apropiación.    En el centro del relato opera una “civilización o barbarie” zoológica que se corresponde con la disyuntiva aplicada a la praxis social y política real. Aquí la ficción y la realidad se acercan, se tocan, haciendo borrosas sus fronteras.HRC.