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Bibliografía sobre González. El papel de Marasso Octubre 25, 2008

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    Por Roberto Pochi Valdés 

 

 

 

   Lo que se pretende aquí es exponer brevemente una selección de algunas de las obras críticas, entre ellas alguna de carácter biográfico, que no agotan la totalidad de lo que se escribió sobre Joaquín V. González.

   Sí queda claro que con la bibliografía que aquí presentamos es que aún no se realizó un estudio integral de la escritura de este riojano, cuyas principales obras son canónicas de la literatura argentina e hispanoamericana.

   Fermín Estrella Gutiérrez, La Tradición nacional en la obra literaria de Joaquín V. González, Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, 1963, p. 9-26.

   Jorge Calvetti, Centenario de ‘La tradición nacional’ de Joaquín V. González, Buenos Aires, p. 471-474. Boletín de la Academia Argentina de Letras, LIII, 209-210. Se trata de una edición de homenaje, donde se analiza aspectos de esa escritura.        

   Guillermo Ara, Mis Montañas, Buenos Aires, Kapelusz, 1985: Contiene un estudio detallado sobre ese libro de González.

   Libros en que se mencionan aspectos parciales de la obra literaria de González.

Eduardo Romano, El cuento argentino, 1900-1930, Buenos Aires, CEAL, 1980. En esta antología el autor incluye el cuento  ‘La selva de los reptiles’ de González y una breve referencia sobre el mismo.

   Eduardo Romano, Sobre poesía popular argentina, Buenos Aires,  CEAL, 1983. Entre otros temas, se traza un eje de la poesía nativista argentina compuesto por Esteban Echeverría, Rafael Obligado y González.

   Jorge Rivera, J.V. González y A. Ponce, El ensayo de interpretación (1910-1930), Buenos Aires, CEAL, 1980: Se compara la obra ensayística de esos dos escritores.

   Darío Roldán, Joaquín V. González, a propósito del pensamiento político-liberal (1880-1920), Bs. As., CEAL, 1983: Una indagación sobre las ideas políticas, jurídicas y pedagógicas de González. Se trata de la típica versión que el liberalismo argentino tiene de este autor, según la cual habría sido un hombre del sector “progresista”.

   Por otra parte, se mencionan aspectos parciales de la poética de González en:

Adolfo Prieto, La literatura autobiográfica argentina, Buenos Aires, CEAL, 1982. En 14 páginas (la obra posee 259), dice que en Mis Montañas aparece una “visión aristocrática” de González. Esa escritura del riojano es comparada con Recuerdos de Provincia de Sarmiento, entre otras. También hay allí referencias al Juicio del Siglo.

  Antonio Pagés Larraya, Sala Groussac, Buenos Aires, CEAL, 1982. Este autor dedica ocho páginas (de un total de 144 de su obra) para analizar la poesía y la prosa de Fábulas Nativas de González, y otros relatos. Destaca que la  “ironía política” y la “crítica moral” son los ejes de las mismas.

   David Viña, Literatura argentina y realidad política, Buenos Aires, CEAL, 1994. V. 2. (Primera ed. 1964, Jorge Álvarez Ed.). Viñas hace una breve referencia sobre un texto político de González y también insiste con la versión del intelectual “progresista”.

  También es interesante lo que plantea Gladis Onega en La inmigración en la literatura argentina (1880-1910), Buenos Aires, 1982, CEAL. Esta investigadora examina la postura que varios autores argentinos de los siglos XIX y XX tuvieron frente a la inmigración europea llegada al país. Para el caso de González se ejemplifica con algunos pasajes de su libro El Juicio del Siglo.

   Por otra parte, se halla la importante “Carta Prólogo” de Rafael Obligado, incluida en la mayoría de las ediciones de Mis Montañas. La primera vez que se la incluyó como prólogo fue en una edición de 1905 realizada en Buenos Aires por Cesáreo García Editor. Obligado en esa carta, que le enviara a González el 5 de abril de 1892, ratifica su pertenencia al nativismo e incluye a Mis Montañas en esa corriente estética, a la vez que fija el origen de este tipo de poética en La Cautiva de Esteban Echeverría.

Marasso cerró la obra de González

 

  Por otra parte, tenemos a Álvaro Yunque, Poesía gauchesca y nativista rioplatense, Buenos Aires, Ed. Periplo, 1952. Este autor delimita a la poesía nativista de la gauchesca. Ubica a la primera dentro de un orden “conservador” y dice que la segunda da cuenta de los “padecimientos sociales” del gaucho.

  Es importante mencionar un aporte clave de Eduardo Romano en su El nativismo como ideología estética en el Santos Vega de Rafael Obligado, Buenos Aires, Biblos, 1992. Este autor retoma el eje que había esbozado Yunque y analiza el nativismo en la obra de Obligado.

   Alfredo Rubione, Moreirismo, Criollismo, Nativismo, Gauchesca. Aporte para su clasificación bibliográfica. Buenos Aires, 1997, Boletín Sociedad de Estudios Bibliográficos Argentinos, Nº 3. En este trabajo el autor precisa esas categorías de la literatura argentina y clasifica a los autores gauchescos y nativistas. Esteban Echeverría, Rafael Obligado y Ricardo Güiraldes, entre otros, están incluidos en esa última estética; en la primera: Bartolomé Hidalgo y José Hernández.

   Roberto Rojo, El Divino Joaquín, La Rioja, Nex Ediciones, 2005. En sus páginas se hallan aspectos de la infancia de González y sus estudios en Córdoba; también noticias sobre la actividad política y docente; acerca del escritor; sobre su pertenencia a la masonería e infidelidades familiares; sus lecturas literarias y políticas; e información sobre sus amistades, la actividad periodística y su desempeño en la Universidad de La Plata. Se trata de una documentada y completa biografía del escritor riojano.

   Luego tenemos a  Arturo Marasso con su El doctor Joaquín V. González, Buenos Aires, Librería y Editorial La Facultad, 1915. Creo que debemos a este escritor coterráneo de González una forma de leer al nonogasteño, que terminó generando una tradición que perduró por muchos años y que, de algunas manera, todavía sigue vigente.

   La crítica que lleva a cabo Marasso en esa obra, en realidad un repaso por la escritura literaria de González, es una crítica cómplice, porque nunca sabremos qué ideología estética hizo suya el autor de Mis Montañas, a quién condena o qué temas contienen sus relatos o fábulas. Creo que Marasso contribuyó con ese libro, que es una propuesta de una forma de leer a González, a cerrar la escritura de este escritor.

   Lo que Marasso consiguió es fijar una determinada mirada sobre la escritura de su comprovinciano, que todavía se la puede leer en reseñas que llevan adelante diferentes comentaristas de González, que transitan con cuidado por los contornos de algunas de las escrituras o sobre aspectos harto conocidos de su biografía como por ejemplo fecha de nacimiento, lugar de origen y algunos otros lugares comunes.

   No se agota aquí el papel de Marasso en la obra de González. Una propuesta de trabajo queda abierta y es precisamente indagar a fondo en los modos de leer que Marasso nos propuso cuando el autor reseñado todavía vivía. Allí encontramos una prosa que posee un estrecho vínculo con la estilización nativista que el autor comentado emprende en su obra literaria.

   Por lo tanto, el libro de Marasso no es sólo un simple panegírico sobre González: Es una propuesta de lectura cómplice y cerrada que todavía perdura en ciertos ámbitos.

El vergel pastoril invadido por los bárbaros Octubre 14, 2008

Posted by losfundadores in Crítica literaria.
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*Por Horacio Raúl Campos

 

   Los motivos de la vuelta a la aldea nativa y la nostalgia por un pasado ‘mejor’ son utilizados y reutilizados por Joaquín V. González en varios relatos. Lo podemos leer en el relato ‘El patrono del Huaco’, que continúa al cuento ‘La maestra de palotes’ en el libro Historias (1900). El texto trata de cómo en ‘El Huaco’ adoptaron a San Isidro como patrono y en el transcurso de la escritura se hace intervenir a un esclavo como narrador del suceso milagroso para que ese santo finalmente sea el patrono del lugar.

   El tema del amo y del esclavo es una muy interesante línea crítica a explorar en la narrativa nativista del escritor de Nonogasta. ¿Hay un intento por naturalizar la esclavitud en González estableciendo ese tipo de jerarquía de raíz aristotélica?

   Volviendo al relato que nos interesa, el mismo empieza así: “Tengo en el alma algo como una vaga tristeza que no sé de donde viene ni por qué razón: pero cuando pasa uno por estos momentos, siente deseos de remontarse en alas de su memoria á tiempos mejores, que siempre son los que han pasado”.

   Se trata de la nostalgia por una ‘Edad Dorada perdida’, que en este relato está conectada a sus antepasados, a la tradición legendaria de las culturas indígenas, el fuerte militar de ‘El Huaco’ y la conquista española, un lugar que luego habría de ser el refugio de su familia ante las embestidas de las Montoneras, tal como aparece en el  relato ‘El Huaco’ de Mis Montañas.

   La alusión del narrador a tiempos pasados “mejores” se halla en el propio relato. Son los tiempos anteriores a las Montoneras. Ese espacio es ‘El Huaco’, que era un fuerte militar de los Calchaquíes, luego convertido en asiento de una misión jesuítica y después en lugar de los antepasados del narrador. “Allí se establecieron mis antepasados”, escribe.

   González realiza allí una perfecta postulación sobre los orígenes supuestamente mejores, aunados por el pasado indígena y la conquista española. El tercer eslabón de esa unidad cronológica es la propia familia del narrador, que es la heredera de esos orígenes, por lo tanto, sus antepasados y también el mismo narrador/personaje de la vida real son los orígenes mismos. 

   En El Huaco, escribe, sus antepasados se entregaron “con labor infatigable al arte que Virgilio cantó en églogas inmortales, en aquellas planicies cubiertas de verdura, donde la flauta rústica de Teócrito congrega los rebaños al caer la tarde”. Nombra a dos poetas: romano del siglo I a.C. e íntimamente vinculado al poder, el primero, y poeta griego de fines del siglo IV y cultor de la poesía bucólica, el segundo. Los dos escribieron sobre pastores y labores campesinas. He ahí datos claros sobre las influencias literarias de González y la insistencia en refugiarse en un mundo pastoril riojano, alejado del ruido y las diferentes lenguas de las ciudades ‘invadidas’ de inmigrantes.

   El lugar de las agradables labores pastoriles, sin embargo, es invadido por ‘Otros’ que no son precisamente inmigrantes. “¡Ah, durante  las calamitosas épocas en que el sable de los caudillos dominó mi tierra nativa, ese hogar pobre pero querido fue azotado por el robo y la matanza, y mis padres desterrados de él, vagaron sin rumbo ni reposo, sin tener donde reposar su cabeza!”      

   Es indudable el olor a prosa sarmientina que proviene de ese párrafo, especialmente de los lamentos del sanjuanino en su Recuerdos de provincia. González insiste aquí con otro de los motivos que ya está en los relatos de Mis Montañas: el lugar idílico invadido por las Montoneras federales llegados desde afuera. De nuevo aparece el tema de la tierra propia ‘dominada’ por Otros que no son de esa tierra. Como el propio narrador nos informa en el cuento que una de sus fuentes es la tradición, en la vida real, el mitrismo difunde el rumor sobre que Varela no es argentino sino chileno y de allí que este escritor riojano presenta en su ficción  a los guerreros de las Montoneras como “invasores” que vienen de afuera.

 

Un lugar agradable medieval

 

    La mayor parte del texto es ocupada por el relato de la aparición milagrosa que hace que se tome la decisión de adoptar a San Isidro como patrono del lugar. El cuento dentro del relato está referido por un esclavo de los antepasados del narrador. Es aquí donde leemos claramente la artificialidad y la estilización de los espacios y los sujetos sociales o individuales: un “hogar pobre” con esclavos al servicio de los amos o propietarios.

   La estilización en la narrativa nativista de González es tan fuerte que nos propone la pobreza como condición intrínseca de los propietarios afiliados en la facción unitaria. Es la pobreza como condición esencial del bando de la ‘civilización’, un recurso que indudablemente mueve a la compasión a raíz de la desdicha de alguien “pobre” y que apunta a conmover los corazones y a convencer las conciencias de los lectores escolares.  

    El escritor riojano también instaura allí la intención conservadora por naturalizar la esclavitud. Insiste con la temática del invasor que, obviamente, proviene de afuera, es ajeno al lugar, por lo tanto el espacio y la tierra no le pertenecen. Los ‘bárbaros’ incursionan en la aldea nativa, que hasta ese momento fatídico está fuera del alcance de los conflictos sociales y políticos, que es la búsqueda fundamental de la escritura nativista de González. Su aldea está descripta como los vergeles de la poesía y la narrativa medievales.

   La artificialidad llevada hasta las últimas consecuencias por el nativismo del riojano, practicada con tanto afán, que hasta generó una escritura cachacienta, llorona y con cierto desdén, y a su vez agresiva, se contrapone totalmente con la experiencia del mundo real violentamente contada por su íntimo amigo Juan Bialet Massé, a quien en 1904 le encargó un informe sobre la situación laboral, económica y social de todo el país.

   Este relato de González (también otros del mismo tenor) contiene básicamente dos núcleos narrativos perfectamente diferenciados. El vergel idílico y delicioso de olor medieval, por un lado, y las diatribas contra los invasores de la naturaleza encantada, por el otro. Siempre el espacio apacible de las actividades pastoriles es interrumpido por un torrente de bárbaros, pero luego la aldea recupera su condición de soñolienta y estática. El viejo recurso cíclico en que la ‘Edad de Oro’ cae para volver a recuperarse es utilizado por González al servicio de su proyecto nativista.

   La misma búsqueda se halla en La maestra de palotes, un relato publicado en ese mismo libro. Esta escritura de González es la acabada puesta en escena del credo nativista de González. El lugar idílico es invadido por las Montoneras de Varela, su aldea es descripta como “un pueblecillo poético” de propietarios “feudales” y se repite el motivo del regreso entre lágrimas.

   Los dos relatos están informados por la fórmula sarmientina de ‘civilización i barbarie’, aunque aquí se reordenarán los espacios de la misma. Se pasa de La Rioja como espacio sarmientino de la barbarie a los lugares agradables y deliciosos ‘invadidos’ por la barbarie del nativismo de González.

    El pueblecillo vivía en una paz idílica hasta que aparecieron las Montoneras, tras lo cual recuperó la armonía, el arrullo de los pájaros y el agua descontrolada quedó encerrada en un sosegado dique. El lugar delicioso rodeado de rosas y de fecundos viñedos, exento de conflictos, funciona como una metáfora de toda la escritura nativista de González y tiene su correlato con la búsqueda de la quietud política y social del sector al que pertenece el escritor riojano.   

   Estos dos relatos de González, principalmente ese último, contienen en forma cabal las caras búsquedas de la narrativa nativista: el sosiego como procedimiento que busca configurar una nacionalidad elaborada desde el corazón mismo del poder. Una meta que se corresponde con lema roquista de ‘Paz y Administración’.

*Periodista. Estudió letras y es oriundo de Chamical.