El vergel pastoril invadido por los bárbaros Octubre 14, 2008
Posted by losfundadores in Crítica literaria.trackback
*Por Horacio Raúl Campos
Los motivos de la vuelta a la aldea nativa y la nostalgia por un pasado ‘mejor’ son utilizados y reutilizados por Joaquín V. González en varios relatos. Lo podemos leer en el relato ‘El patrono del Huaco’, que continúa al cuento ‘La maestra de palotes’ en el libro Historias (1900). El texto trata de cómo en ‘El Huaco’ adoptaron a San Isidro como patrono y en el transcurso de la escritura se hace intervenir a un esclavo como narrador del suceso milagroso para que ese santo finalmente sea el patrono del lugar.
El tema del amo y del esclavo es una muy interesante línea crítica a explorar en la narrativa nativista del escritor de Nonogasta. ¿Hay un intento por naturalizar la esclavitud en González estableciendo ese tipo de jerarquía de raíz aristotélica?
Volviendo al relato que nos interesa, el mismo empieza así: “Tengo en el alma algo como una vaga tristeza que no sé de donde viene ni por qué razón: pero cuando pasa uno por estos momentos, siente deseos de remontarse en alas de su memoria á tiempos mejores, que siempre son los que han pasado”.
Se trata de la nostalgia por una ‘Edad Dorada perdida’, que en este relato está conectada a sus antepasados, a la tradición legendaria de las culturas indígenas, el fuerte militar de ‘El Huaco’ y la conquista española, un lugar que luego habría de ser el refugio de su familia ante las embestidas de las Montoneras, tal como aparece en el relato ‘El Huaco’ de Mis Montañas.
La alusión del narrador a tiempos pasados “mejores” se halla en el propio relato. Son los tiempos anteriores a las Montoneras. Ese espacio es ‘El Huaco’, que era un fuerte militar de los Calchaquíes, luego convertido en asiento de una misión jesuítica y después en lugar de los antepasados del narrador. “Allí se establecieron mis antepasados”, escribe.
González realiza allí una perfecta postulación sobre los orígenes supuestamente mejores, aunados por el pasado indígena y la conquista española. El tercer eslabón de esa unidad cronológica es la propia familia del narrador, que es la heredera de esos orígenes, por lo tanto, sus antepasados y también el mismo narrador/personaje de la vida real son los orígenes mismos.
En El Huaco, escribe, sus antepasados se entregaron “con labor infatigable al arte que Virgilio cantó en églogas inmortales, en aquellas planicies cubiertas de verdura, donde la flauta rústica de Teócrito congrega los rebaños al caer la tarde”. Nombra a dos poetas: romano del siglo I a.C. e íntimamente vinculado al poder, el primero, y poeta griego de fines del siglo IV y cultor de la poesía bucólica, el segundo. Los dos escribieron sobre pastores y labores campesinas. He ahí datos claros sobre las influencias literarias de González y la insistencia en refugiarse en un mundo pastoril riojano, alejado del ruido y las diferentes lenguas de las ciudades ‘invadidas’ de inmigrantes.
El lugar de las agradables labores pastoriles, sin embargo, es invadido por ‘Otros’ que no son precisamente inmigrantes. “¡Ah, durante las calamitosas épocas en que el sable de los caudillos dominó mi tierra nativa, ese hogar pobre pero querido fue azotado por el robo y la matanza, y mis padres desterrados de él, vagaron sin rumbo ni reposo, sin tener donde reposar su cabeza!”
Es indudable el olor a prosa sarmientina que proviene de ese párrafo, especialmente de los lamentos del sanjuanino en su Recuerdos de provincia. González insiste aquí con otro de los motivos que ya está en los relatos de Mis Montañas: el lugar idílico invadido por las Montoneras federales llegados desde afuera. De nuevo aparece el tema de la tierra propia ‘dominada’ por Otros que no son de esa tierra. Como el propio narrador nos informa en el cuento que una de sus fuentes es la tradición, en la vida real, el mitrismo difunde el rumor sobre que Varela no es argentino sino chileno y de allí que este escritor riojano presenta en su ficción a los guerreros de las Montoneras como “invasores” que vienen de afuera.
Un lugar agradable medieval
La mayor parte del texto es ocupada por el relato de la aparición milagrosa que hace que se tome la decisión de adoptar a San Isidro como patrono del lugar. El cuento dentro del relato está referido por un esclavo de los antepasados del narrador. Es aquí donde leemos claramente la artificialidad y la estilización de los espacios y los sujetos sociales o individuales: un “hogar pobre” con esclavos al servicio de los amos o propietarios.
La estilización en la narrativa nativista de González es tan fuerte que nos propone la pobreza como condición intrínseca de los propietarios afiliados en la facción unitaria. Es la pobreza como condición esencial del bando de la ‘civilización’, un recurso que indudablemente mueve a la compasión a raíz de la desdicha de alguien “pobre” y que apunta a conmover los corazones y a convencer las conciencias de los lectores escolares.
El escritor riojano también instaura allí la intención conservadora por naturalizar la esclavitud. Insiste con la temática del invasor que, obviamente, proviene de afuera, es ajeno al lugar, por lo tanto el espacio y la tierra no le pertenecen. Los ‘bárbaros’ incursionan en la aldea nativa, que hasta ese momento fatídico está fuera del alcance de los conflictos sociales y políticos, que es la búsqueda fundamental de la escritura nativista de González. Su aldea está descripta como los vergeles de la poesía y la narrativa medievales.
La artificialidad llevada hasta las últimas consecuencias por el nativismo del riojano, practicada con tanto afán, que hasta generó una escritura cachacienta, llorona y con cierto desdén, y a su vez agresiva, se contrapone totalmente con la experiencia del mundo real violentamente contada por su íntimo amigo Juan Bialet Massé, a quien en 1904 le encargó un informe sobre la situación laboral, económica y social de todo el país.
Este relato de González (también otros del mismo tenor) contiene básicamente dos núcleos narrativos perfectamente diferenciados. El vergel idílico y delicioso de olor medieval, por un lado, y las diatribas contra los invasores de la naturaleza encantada, por el otro. Siempre el espacio apacible de las actividades pastoriles es interrumpido por un torrente de bárbaros, pero luego la aldea recupera su condición de soñolienta y estática. El viejo recurso cíclico en que la ‘Edad de Oro’ cae para volver a recuperarse es utilizado por González al servicio de su proyecto nativista.
La misma búsqueda se halla en La maestra de palotes, un relato publicado en ese mismo libro. Esta escritura de González es la acabada puesta en escena del credo nativista de González. El lugar idílico es invadido por las Montoneras de Varela, su aldea es descripta como “un pueblecillo poético” de propietarios “feudales” y se repite el motivo del regreso entre lágrimas.
Los dos relatos están informados por la fórmula sarmientina de ‘civilización i barbarie’, aunque aquí se reordenarán los espacios de la misma. Se pasa de La Rioja como espacio sarmientino de la barbarie a los lugares agradables y deliciosos ‘invadidos’ por la barbarie del nativismo de González.
El pueblecillo vivía en una paz idílica hasta que aparecieron las Montoneras, tras lo cual recuperó la armonía, el arrullo de los pájaros y el agua descontrolada quedó encerrada en un sosegado dique. El lugar delicioso rodeado de rosas y de fecundos viñedos, exento de conflictos, funciona como una metáfora de toda la escritura nativista de González y tiene su correlato con la búsqueda de la quietud política y social del sector al que pertenece el escritor riojano.
Estos dos relatos de González, principalmente ese último, contienen en forma cabal las caras búsquedas de la narrativa nativista: el sosiego como procedimiento que busca configurar una nacionalidad elaborada desde el corazón mismo del poder. Una meta que se corresponde con lema roquista de ‘Paz y Administración’.
*Periodista. Estudió letras y es oriundo de Chamical.
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