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Los ojos de un forastero Diciembre 18, 2008

Posted by losfundadores in Notas.
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Por Horacio Raúl Campos

No pretendía encontrar una aldea estática, al estilo del nativismo de Joaquín V. González, cuando cuenta en algunos de sus relatos acerca de sus regresos a su pueblecillo poético, de las rosas y los viñedos y encuentra todo igual.

No quería encontrar las mismas plantas, las mismas flores, las mismas vides, ni las mismas personas, ni personas que no estuviesen castigadas por el paso de los años.

Seguro que no iba a encontrar a la misma gente, porque algunos ya se fueron. Se fue Noelí, la compañera de escuela primaria que me prestaba su monopatín. Sí, Noelí, con la que jugaba a las escondidas en el canal de la plaza, que aún resiste el paso del tiempo, esa misma Noelí con quien después ya no jugaba, sino que paseábamos por las huertas y las lomas.

Tampoco encontré a quienes siempre tocaban la campana y una insistente caja, en todos los 13 de diciembre. Esas campanadas con la que a uno se le erizaba la piel de emoción, mientras revoleábamos los pañuelos rojos y celestes para decirle a Santa Lucía hasta el año que viene, protégeme la vista.

Tampoco quería encontrar centenares de caballos y mulas atadas en las cercanías de la plaza por los puesteros vecinos, que aprovechaban la ocasión para lucir las mejores caronas y caronillas, cuando se los veía llegar con sus cabezas cubiertas por amplios sombreros negros y las mujeres con sus cabezas atadas por coloridos pañuelos y Noelí ahora mostraba un sugerente vestido blanco que dejaba escapar unas frescas y prepotentes piernas soleadas.

El domingo 14 de diciembre de 2008, bajo un sol llameante, volví a las fiestas de Santa Lucía. No sé cuántos años pasaron desde la última vez, sólo sé que aún estaba la dictadura y que entonces estaba prohibido cantar.
Desde Chamical salimos a la mañana temprano. Mis familiares directos y algunos amigos soportaron mis protestas por los inconcebibles cambios arquitectónicos practicados en la capilla, cuyo original fachada fue totalmente destruida por el descabellado afán de ‘modernizar” su construcción.

Los históricos ladrillos del piso fueron cambiados por unas frías y desaprensivas baldosas; se le agregaron campanarios, la verja original y su puerta metálica fueron eliminadas, como así también la histórica puerta de madera de la entrada principal. ¡Un horror!

Sin dudas que quienes llevaron adelante esos desastres, que intuyo habrán tenido el apoyo de las autoridades eclesiásticas, no tienen ni la más mínima idea sobre la preservación y restauración de lugares históricos. Lo que hicieron con la capilla de Santa Lucía es un verdadero sacrilegio.

A los peregrinos que escuchaban mis protestas se les notaba la perplejidad en sus rostros, como si se dijesen: ‘¿Y este desconocido quién es?’ Aunque seguro que luego sospecharían de que se trataba de alguien que conocía el lugar.

Uno allí, a raíz de ausencias prolongadas, se siente un perfecto forastero, algunos me saludaron desde lejos y yo les respondí el saludo. Quizá lo hicieron creyendo que era otra persona y yo por las dudas les respondí el saludo para no quedar mal, para que luego no digan que no los quiero saludar y también quizá saludé a algunos creyendo que eran conocidos y posiblemente no lo eran o realmente sí lo eran.

Las campanadas de despedidas, el sonido de la caja y las escasas bombas de estruendo; la degradación del lugar, la ausencia de la rueda de la fortuna y de los vendedores de refrescos, peines, lapiceras y perfumes no me produjeron las profundas emociones que sentí en 1973 o en 1983.

La Santa Lucía de la realidad, que besa las sierras, no es el pueblecillo feudal que nos pinta Joaquín V. González, totalmente idealizado y ficticio, mediante el cual busca huir del ruido de las movilizaciones y las múltiples lenguas de los inmigrantes asentados en Buenos Aires.

No quería encontrar todo igual como cuando iba a Santa Lucía pensando que Noelí iba a tener el vestido nuevo que le había regalado un tío.