Un examen del cuento El canto del canario. De Héctor David Gatica. Junio 12, 2009
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Una gota de trino de color sangre
Por Horacio Raúl Campos.
En la base de la literatura de Gatica se moviliza un diálogo, un debate polémico, una refutación, artísticamente sutil, contra la matriz política y económica que rige a la Argentina desde hace al menos dos siglos. Un rumbo que todavía nunca pudo ser cambiado y que cada vez más se profundiza dramáticamente sobre las espaldas de los que menos tienen, a pesar de las batallas por cambiarlo.
Dentro de ese esquema general, la escritura de Gatica confronta activamente con la de Joaquín V. González, como decíamos en otra nota. La réplica a la estética ideológica de este escritor aparece desde el lugar menos pensado, aunque también desde el espacio más obvio: Desde la misma La Rioja, claro.
Nace, crece, y vive desde La Rioja. Su nacimiento se encuentra en el polo opuesto de la geografía local. Es importante aclarar que ello no es una condición necesaria o importante, como sí lo es el despliegue –estético, simbólico, espacial, la calidad de los personajes-, que adquiere mientras crece, gana en vida, se desarrolla y cobra altura la escritura de Gatica.
El proyecto narrativo y poético de Gatica se universaliza a partir de lo latinoamericano, pero no está en el polo opuesto a González ni es de suma importancia porque uno haya nacido rodeado de montañas y el otro de quebrachos, talas, llanos y puestos. Lo que está en juego es la estética ideológica desde donde escribe cada uno. La geografía, por suerte, no condiciona la visión de mundo.
Proponer que la geografía condiciona nuestra mirada sobre el mundo, la historia, la política, la vida, es adherir a un fatalismo trasnochado. Sería adherir al rechazable eterno retorno presente en poesías y cuentos de Borges. Por ejemplo, en ‘El brujo postergado’.
Gatica, en sus cuentos y poesías, rompe con el espacio embalsamado que fijó González en sus relatos y poesías nativistas. Por ese motivo, la escritura de aquel escritor se moviliza por espacios que se parecen, son, los de Latinoamérica profunda.
En Gatica, como dijimos, no hay lugares sublimados o estáticos, porque propone una ficción plena de vida, frente a la ficción muerta de González.
Literatura embalsamada
A esta altura de las cosas estamos en condiciones de asegurar que la literatura del escritor de Nonogasta se parece mucho al canario embalsamado del cuento El canto del canario de Gatica.
El cuento, breve, intervienen dos narradores y está precedido por un epígrafe acerca de la definición que la RAE da sobre la taxidermia en tanto arte de disecar los animales para conservarlos con apariencia de vida.
Uno de los narradores, el principal, es el especialista en taxidermia, mientras que el otro le sirve de soporte, que desconoce el asunto, aunque se interesa por ese arte y sus preguntas son respondidas con maestría por aquel y dan lugar al dinamismo del cuento.
En el cuento aparece un bestiario, desde su título nos retacea información y nunca nos la dará porque el tema fundamental no es el canto de un pájaro, aunque se lo describe brevemente. [Lo es el de la calandria en las Fábulas nativas de González, donde ese pájaro llega para interrumpir el sueño del narrador/autor que duerme la siesta bajo un molle.
Escribe en ‘Sinfonía de la calandria’, ‘Preludio’, la primera de las fábulas de ese libro: “Rendido por la sed y la fatiga/ el autor de las fábulas, de viaje/ por las altas montañas de la patria/, bajo un frondoso molle de la cumbre/ que un cristalino manantial sombrea/, detúvose a buscar reposo y sueño”. He ahí un acabado ejemplo de nativismo, búsqueda de salud para un cuerpo cansado de las ciudades, todo rodeado de un ambiente pastoril, como un locus amoenus medieval. El proyecto roquista buscaba reposo, orden, paz, curar los supuestos males que le provocaba la inmigración].
El cuento que nos ocupa ahora hasta tiene el formato periodístico del reportaje. Un ‘periodista’ pregunta y el ‘entrevistado’ responde. Y precisamente el cuento se abre con una pregunta: “¿Y qué es lo más importante?” Se refiere al arte de embalsamar. Y le responde que la “observación” es la clave.
A partir de allí, comienza a desfilar un bestiario que el especialista dice que embalsamó. “Yo tengo embalsamada un águila guerrera y me gustaría encontrar un águila real”, responde el narrador principal. Luego dice que hay tres clases de águilas y pone como ejemplo antinómico llevar a la práctica ese arte con un “águila” y con una “paloma”.
La confrontación entre águila y paloma está colmada de simbología, demasiado hermética. La paloma tradicionalmente es el símbolo de la paz, ya se encuentra en la Biblia y políticamente se suele calificar como ‘palomas’ a integrantes de un sector moderado. La paloma es lo manso y el águila connota políticas imperiales, rapiña, violencia, colonialismo, dictadura.
Incluso dice que tiene embalsamado un cóndor “grandioso”. Aquí se encuentra una refutación directa contra la escritura de González, que ensalza ese animal en relatos de Mis Montañas y en Fábulas Nativas. El grandioso cóndor perpetuado e inmovilizado funciona como una metáfora de la escritura de quien fuera ministro de Roca.
El narrador nos hace saber también acerca de un fracaso cuando intentó hacer lo mismo con un puma, pero lo cazadores en vez de dárselo para inmortalizarlo, se lo comieron. Por lo tanto, en ese caso tampoco hay sublimación de ese animal. Luego hizo lo propio con dos loros robados al gobernador. Aunque ya no tenga los loros, el gobernador, es decir, el poder político, tendrá los repetidores parloteos a perpetuidad. Aquí se puede leer una burla, sin intención pedagógica ni moral.
A partir de allí, comienza la segunda parte del cuento. El preguntador le pide que le embalsame un sueño, una poesía o un canto. Ello le da pie al narrador-contestador para recordar cuando tuvo que salir a cazar un canario que cantaba en medio del campo.
Compara el canario que todavía palpitaba luego del tiro de escopeta con los músicos después de un concierto. “¿No le parece?”, le pregunta el entrevistado al entrevistador en una inversión de roles.
Y el remate del cuento: “Y ahí lo tengo ahora. Cuando quiera ir a verlo, vaya, se halla igualito en todo: La forma del instante está perfecta. Al embalsamarlo lo he perpetuado. Ese momento tan hermoso de vida y canto quedó para siempre; sólo que le falta la vida y el canto, por la muerte del ave ¿vio?”. Bello, tremendo, final.
Águila de ficción, águila real
Se trata de uno de esos cuentos breves, con mucho aroma a esas piezas que nos dieron escritores latinoamericanos, al estilo de Augusto Monterroso, por ejemplo, colmados de ironías, burlas y refutaciones a dogmas del poder, que se bordan sutilmente contra sinvergüenzas e hipócritas de todo pelaje o contra otros escritores, para contradecir una estética que hasta ese momento era indiscutida o que era custodiada celosamente por viudas de un determinado literato.
El cuento, de post dictadura, se inicia con la presencia de un “águila guerrera” que se contrapone a una “águila real”, que el narrador todavía no encontró porque expresa que le “gustaría” dar con ese tipo de animal. El águila guerrera es la patria que flamea (véase el cuento de Gatica en ese mismo libro ‘La patria flamea’).
Ese ave con graves garras y ese calificativo violento a su lado alude nada más y nada menos que a la Bandera argentina, símbolo que a su vez queda petrificado en ‘Aurora’ la canción patria que uno aprendió a internalizar desde la escuela primaria, que se escuchará y se cantará en cualquier acto escolar sea por el motivo que fuere. Una canción que tiene un origen increíble, típica hechura de argentinos. Su origen está relacionado al clima nacionalista conservador y violento de 1908.
El narrador sospecha que el “águila guerrera” es un símbolo usado y abusado por cualquiera, sobre todo por el poder, que realizó a lo largo de la historia argentina una apropiación de los símbolos patrios para sus proyectos, algo que no podía ser de otra manera, porque ellos, en definitiva, son la patria misma, la nacionalidad y, obviamente, sus celosos custodios, como parte de una esmerada sobreactuación del patriotismo.
El narrador cuenta: “Yo tengo embalsamada una águila guerrera”. Es decir, que ya posee una bandera sin vida y sin canto, que es la utilizada por el poder (económico, el Estado, el sistema educativo, gobiernos, partidos políticos y demás), de manera embalsamada, ya sin el sentido, ni el poder que encierra el símbolo patrio, sólo convertido, gracias a ese uso y abuso, en un simple paño inerte, sólo con la forma que le dieron los taxidermistas a lo largo de la historia.
Ese “águila guerrera” embalsamada se ha convertido a lo largo de la historia de la Argentina, en un trozo de género pintado de celeste y blanco, siempre y cuando se lo cambie a tiempo, porque se cuentan por centenares las banderas que lastimosamente flamean, tristemente, colgadas de un mástil herrumbrado como un deshilachado trapo gris, forrado por el hollín de las ciudades. Esas banderas desteñidas, grises, son la metáfora perfecta de la Argentina.
Pareciera ser que a esas “águilas guerreras” embalsamadas fueron abandonadas por el taxidermista y, por lo tanto, ya ni siquiera son objetos artísticos, que es por cierto el propósito final de ese arte sobre el cuerpo sin vida de un animal, aunque aquí se mantenga una postura contraria a ese tipo de trabajos, por el mismo motivo o por otros que se rechaza el águila guerrera embalsamada.
No deja de ser inquietante que uno le cante a una ‘águila guerrera embalsamada’, aunque habría que pensar y repensar que quizá quienes le cantamos, de alguna manera o de todas las maneras, también tenemos nuestras ideas y nuestros corazones un poco, o demasiado, embalsamados. Que deambulamos inmovilizados, con nuestras vidas y nuestros cantos un poco cercenados, que necesitan una refundación.
En la contraposición entre los dos estados de un águila (de ficción-guerrera-embalsamada, y por otro, el animal de la experiencia real), se juega la imposibilidad de perpetuar las cosas, los paisajes, la fauna, los pueblos, en definitiva un cuerpo social lleno de vida. Parafraseando al narrador se podría decir también que ese momento tan hermoso de vida, colores y canto del águila guerrera quedó fijado para siempre, sólo que le falta la vida y el canto.
Esta pieza de Gatica es una perfecta refutación a la literatura de González, que a través de su proyecto de escritura nativista lo que realizó es embalsamar sujetos sociales, paisajes y faunas locales. También es una dura crítica a hechos ocurridos durante la última de las dictaduras. *****
Esta es mi bandera
Me parece muy bien. También lá mía.
Atte.
Muchas gracias a todos los que leyeron algunas de las cosas publicadas aquí. Cuando publiqué esos manojos de reflexiones lo había hecho con la idea de que unas diez o quince personas al menos entraran para ver de qué se trataba. Estoy contento porque más de dos mil se interesesaron por esos asuntos.
Atte.
Horacio Raúl Campos.