Una civilización y barbarie zoológica en Joaquín V. González (Parte I) Febrero 2, 2008
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Facundo y el cuervo “Para Juan no era el cóndor el señorde la montaña sino el guanaco”Héctor David Gatica (Los fundadores del olvido)
El escritor riojano Joaquín V. González despliega en algunas de sus obras un colorido jardín zoológico. Víboras, escuerzos, cóndores, cuervos y calandrias, entre otros animales, se hallan en las jaulas literarias de nuestro escritor. Estos son “personajes” al servicio de un discurso colmado de ironía y burla política.
¿Qué función cumplen los “inocentes” animales que aparecen en las poesías y los relatos de González? Aquí proponemos pensar en torno al papel de cóndores y cuervos en un relato de ese autor.
Aunque no es el propósito analizar la poesía y la prosa de las Fábulas nativas (1924), en la hay un pródigo desfile de animales, sí es necesario señalar que esa obra de González está colmada de simbología y de burla política que remite a la historia política argentina del siglo XIX y a la contemporaneidad del autor y donde además define algunos de sus gustos literarios.
Algunos de los animales que intervienen en ellas son asimilados a los “bárbaros”, a los rasgos físicos de los caudillos federales y a sus presuntos perfiles y comportamientos otorgados por la vieja y gritona historia oficial.
El relato “El cuervo”, que examinaremos ahora, pertenece al libro Cuentos (1894), pero que González escribió originalmente en 1892. “He presenciado en medio del desierto que guarda la memoria de Facundo (…)”. Así comienza ese cuento, donde en la superficie del relato aparece la oposición entre un cuervo y un cóndor, pero en representación de sujetos colectivos e individuales. ¿Cuál es la meta de esta oposición de comportamientos entre el cóndor y el cuervo? ¿O de cóndores y cuervos? En ese relato, que desde el vamos parece tratar de una narración para chicos de la escuela primaria, los “personajes” mudos son los cóndores y los cuervos. Dice el narrador sobre estos últimos que “son los espíritus sombríos del desierto”, y que “simbolizan los elementos persistentes aún de un pasado miserable”. Los “cuervos” aquí son claramente asimilables a quienes integraban las Montoneras federales porque “son inmundos espías de la muerte”, “asesinos” y de “ojos amarillentos por la anemia”. Evidentemente, no son animales con los cuales uno quisiera compararse. Son, para el autor/narrador, “un pasado miserable”. El narrador comprueba que en los Llanos riojanos, nombrado como “desierto”, todavía hay elementos “persistentes”. No hay que perder de vista que el relato comienza con la aseveración de que la zona “guarda la memoria” de Facundo. ¿No será que en ese espacio de la Argentina, aunque más no sea en la ficción, hay todavía quienes lo recuerdan o quienes quieren empuñar las armas nuevamente? Describe los Llanos riojanos como una “inmensa necrópolis”. Esto bien puede ser el resultado de lo que en la experiencia de mundo real había ocurrido con la invasión militar mitrista en la década del ‘60 del siglo XIX. Ve el narrador en esa región una “silenciosa llanura horadada de tumbas y salpicada de cruces piadosas”. Obviamente, la ficción no se presta para ahondar en las causas de la existencia de tumbas individuales y colectivas. La propuesta zoológica del narrador prosigue su curso y en ella aparece el cóndor, animal “inmortal” que identifica con la “epopeya”. Frente a él se halla el cuervo “de impotentes alas”, que es la “caricatura” de aquel. Una caricatura “repugnante, raquítica, despreciable”.
Una civilización y barbarie zoológica en Joaquín V. González (Parte II) Febrero 1, 2008
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La sublimación nativista del cóndor
Resulta así una perfecta fórmula en la que fácilmente se pueden atribuir las mejores cualidades al cóndor y las peores al cuervo. Un claro ejemplo de una “civilización i barbarie” zoológica pergeñada por González. El título del relato parece indicar que el tema será el cuervo ó los cuervos. Pero este animal está puesto en el peor de los lugares y se las tiene que ver con el cóndor, que aquí simboliza también el “pensamiento”, es decir, la civilización.
Los dos protagonistas, uno con ventaja y el otro hambriento y en desventaja, también participan en el tradicional eje vertical y simbólico de la literatura latinoamericana en el que aparecen seres o cosas “arriba” (cóndor) y “abajo” (cuervo). El cóndor, allá en lo alto, “anuncia las colosales cumbres donde se presienten las del pensamiento…”, mientras que el cuervo tiene por espacio “los bajíos pantanosos y áridos, los charcos mefíticos y los panteones repletos por el hambre y la sed”. El cóndor también “vuelta sereno y olímpico”, es como un dios terrenal y animalizado; se despliega por el éter como un “cometa”. Su feo contrincante, en cambio, “tiene movimientos irregulares y nerviosos, guiños de payaso inhábil, miradas torcidas (…)”. El cuervo apenas si puede desplazarse por medio de los matorrales o subirse a un seco y escuálido algarrobo desgajado. El cóndor es presentado también con otras cualidades, que recuerdan los derechos de los poderosos para apropiarse de lo ajeno haciendo valer la “fuerza” como único derecho. El cóndor exhibe en sus garras de acero “la presa viva arrancada por el derecho de la fuerza soberana”. Todo el relato es un planteo de lo que el narrador/autor tiene como credo en su experiencia de mundo real. Allí aparece, en este caso en la ficción, una ideología del suelo y de la sangre, que es justificadora del avasallamiento del más poderoso sobre los débiles. Realiza una sublimación nativista del cóndor. Un pasaje que da cuenta de ello se halla en ese mismo relato. El cóndor, escribe el narrador, “se apropia de lo que cree suyo, en ejercicio de su poder imperial proclamado en los amplios y espléndidos espacios bañados del sol meridional”. El cuervo, por su parte, se dedica al “robo sigiloso y astuto, velado e hipócrita”, también es un “pordiosero que logra los restos de un banquete opíparo”.
Animal rico y animal pobre
Una perfecta disyuntiva entre ricos y pobres del mundo animal, fácilmente trasladable al universo social de la vida real. Respecto de los espacios de uno y otro animal, los cóndores ocupan un lugar agradable y “espléndido”, muy similares a los espacios reales que el narrador/autor idealiza en otras obras como Fábulas nativas o Mis Montañas. Pero hay algo más para el cuervo, quizás el punto clave del relato: “Tiene el cuervo costumbres y modales que recuerdan los de ciertas criaturas humanas”. El narrador finalmente lo dice sin vueltas: los cuervos “parecen la parodia grotesca y repugnante del hombre”. Pero no está pensando en cualquier hombre (no piensa en él), sino en los “Otros”, a quien él enfrenta. “Recuerda este pájaro, aislado aún en la sociedad, á aquellos amigos que suelen tener los gobernantes mientras manejan caudales y distribuyen favores (…)”, dice. El cóndor, por lo tanto, tiene todas las características atribuidas a un guerrero aristócrata épico. Es símbolo de la “epopeya”, tiene sus garras como “acero” y vuela alto. Desde lo alto puede observar y elegir las mejores presas porque además le está permitido en virtud de su poder “imperial”. También se traslada por el cielo, puede estar en cualquier lugar del éter rápidamente porque tiene “un vuelo sereno y olímpico”. La sublimación nativista de este animal tiene como propósito asimilarlo a un dios, pero no cualquier dios, sino a un dios de la épica.
El cóndor, un personaje de la épica
El cóndor así descripto puede protagonizar sin demasiados esfuerzos un “personaje” de la épica. El cuervo, en cambio, a lo único que puede aspirar es a un papel secundario en una novela social de la pobreza, según el credo nativista del escritor riojano. El cuervo, según esa visión de mundo, podría ser, sin mayores problemas, el personaje central de una novela, xenófoba, de Eugenio Cambaceres, un acompañante de Genaro, el personaje central de En la sangre. El narrador/autor mismo puede ser identificado con el cóndor, a la vez que representa los valores y las cualidades de ese animal, frente a la “barbarie” del cuervo. El González de carne y hueso se propone como cóndor. Los “Otros” están representados por los cuervos. Aparece aquí la central cuestión del poder y los derechos que da ser “distinto”, porque tener sangre de cóndor (aristócrata) no es lo mismo que tenerla de cuervo (chusma, inferior, bárbara). Según las opciones políticas e ideológicas del narrador y la utilización que hace de la fórmula “civilización o barbarie” en la ficción, el cóndor es el animal que le correspondería al coronel Dávila, héroe guerrero sublimado en Mis Montañas, mientras que el cuervo le sería asignado a Facundo, héroe federal execrado en esa misma obra. Lo que el narrador escribe en ese relato es que el cóndor, guerrero, y que se eleva a las cumbres del “pensamiento”, es el animal de la “civilización” que puede gobernar desde las alturas a los demás animales que se deslizan por los matorrales o que reptan, es decir, a los “bárbaros”. El cóndor, en fin, tiene “sangre azul”. Se trata del falso mito de los orígenes vinculados a la tierra, una invención antigua hecha suya por el nativismo, que también aparece en otras obras escritas por riojanos. El “derecho de la sangre” funciona como proyecto autobiográfico y de propaganda para justificar la apropiación. Es el derecho a ser únicos propietarios ante el destierro y el desplazamiento de los “Otros”. La genealogía que se encuentra presente en estas narraciones es una constante que justifica la propiedad o la apropiación. En el centro del relato opera una “civilización o barbarie” zoológica que se corresponde con la disyuntiva aplicada a la praxis social y política real. Aquí la ficción y la realidad se acercan, se tocan, haciendo borrosas sus fronteras.HRC.